Reflexión 89: Me da igual todo

En esta última semana he seguido atentamente las noticias, supongo que como la gran mayoría, porque me ha causado un fuerte impacto el accidente de avión de Germanwings donde han perdido la vida 150 personas cuando el avión en el que viajaban fue empotrado contra los Alpes franceses “supuestamente” por el copiloto de la nave. Estremecedor, sin duda. He leído todas y cada una de las historias de los pasajeros, he puesto un lazo negro en Facebook en señal de luto y he comentado en la peluquería y la panadería la pena tan grande y el surrealismo impresionante de la historia del copiloto en cuestión.  Mi comportamiento ante un hecho tan dramático, como podéis ver, es ejemplar.

Pero las noticias no pueden interponerse en mi día a día, no puedo dejar que me afecten así que esta mañana, me he levantado como un día más y he ido a coger el bus. La parada ya estaba llena de gente cuando he llegado así que me he colocado estratégicamente para poder subir de las primeras, que luego me quedo sin sitio e ir de pie me incomoda bastante. Una jovencita que se ha creído más lista que yo ha intentado pasar delante mío cuando se han abierto  las puertas pero le he dado un empujoncito sutil y he conseguido subir yo delante. Puede que esa chica coja mañana un avión y se empotre contra una montaña pero eso a mí, hoy, me da igual, porque mi prioridad era sentarme en el bus.

He llegado pronto a la reunión, así que he podido parar en la cafetería de la esquina a tomar un café. Tenía hambre y las pastas del  mostrador tenían muy buena pinta. Justo entonces entran 3 whatsapps a la vez, uf! un momento! pido en la barra y ahora contesto  los mensajes… Vaya! la camarera está entretenida sirviendo a una clienta en una mesa charlando vete a saber de qué… “Oye, tienes para mucho? Es que tengo prisa!”. Me ha mirado un poco mal, supongo que le ha molestado que la interrumpiera pero es lógico, tengo hambre y whatsapps por contestar y ella allí, hablando con la señora. Puede que esa señora haya recibido esta mañana una carta de desahucio, o el despido de su empresa después de 30 años y necesita algo de conversación pero oye! eso a mí me da igual que al final, llego tarde a la reunión.

La reunión ha ido bien aunque me ha costado un poco cerrar el acuerdo y he salido algo tensa así que para no agobiarme y ganar tiempo he cogido un taxi. Y va y me toca uno de esos taxistas con ganas de charla. Pues yo no tengo ningunas ganas de conversación así que hago como que no le oigo y me pongo a mirar el móvil para que crea que estoy ocupada y me deje en paz. Igual el taxista está en un momento difícil de su vida y le alegra hablar con el pasaje; quizás la falta de contacto humano o la indiferencia haga merma en su estado anímico y le lleve a un estado depresivo y un buen día decida estrellar su taxi (pasaje incluido) en mitad de la Diagonal llevándose por delante a unos cuantos coches más y algún peatón; pero eso, a mí me da igual, yo ahora no tengo ganas de hablar.

Y es que en realidad, a mí, me da igual todo… Si mañana matan a mi vecino de cuatro tiros porque un par de locos deciden liarla, ya saldré en la tele diciendo “era muy majo, siempre saludaba” porque es verdad, siempre saluda, aunque yo no siempre le devuelvo el saludo porque voy pensando en otras cosas. Si mañana alguien vuelve a estrellar un avión, yo haré lo que tengo que hacer que es sentirme muy abrumada y conmocionada con el tema y demostrarlo para que todo el mundo vea lo buena persona que soy. Pero mientras, yo a lo mío. Mientras yo esté bien, todo va bien y lo demás, me da igual.

A ver si hoy llego pronto a casa que quiero ver las noticias, a ver si se sabe algo más del accidente y si ya han recuperado los restos de todos los pasajeros, fíjate, pobrecitos… igual a alguno de ellos me lo he encontrado algún día en el autobús y yo sin saberlo. Claro que, de haberlo sabido, le hubiera dejado sentarse.

// ACLARACION

Esta reflexión está escrita (por si alguien no lo ha pillado) en tono irónico. Y es que desde hace una semana, después de la noticia del accidente de avión, no paro de ver y oír comentarios al respecto. Pero en realidad, nada cambia. Se siguen produciendo situaciones de falta de respeto y de mala educación y sigue imperando en la rutina un ambiente de individualismo. Quizás no nos paramos a pensar la importancia que pueden tener para los demás nuestros gestos y actitudes y creemos que el hecho de sentirnos apenados por una tragedia nos hace merecedores de la medalla al mérito. Que estos hechos sirvan para volvernos un poquito más humanos es el mejor homenaje que podemos rendir a los que se perdieron en las montañas en su último vuelo. 

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